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Red Internacional

Centro-izquierda. El apoyo de Lula a AMLO y la utopía del capitalismo desarrollista

El expresidente brasileño Lula Da Silva se encontró con diputados de Morena en la Cámara de Diputados, donde les advirtió sobre la necesidad de prepararse ante sus adversarios y respaldo la iniciativa de reforma energética oficialista.

Viernes 11 de marzo | 16:48

El líder del Partido de los Trabajadores (PT) de Brasil y posiblemente próximo candidato a presidente Luiz Inácio Lula Da Silva, les dijo a los legisladores de los partidos Morena, PT y Verde, que por ahora se está viviendo una luna de miel (con relación al apoyo que guarda AMLO), pero deben prepararse pues sus adversarios no les van a dar tregua.

Lula, quien pasó cerca de tres años en la cárcel tras la llamada operación Lava Jato donde fue acusado de corrupción por la derecha en su país, sabe que la derecha y la ultra derecha (hoy en el poder con Jair Bolsonaro), van a defender con uñas y dientes el interés del gran capital concentrado.

Sin embargo, la estrategia del PT brasileño, se ha mostrado totalmente impotente para enfrentar a la ultra derecha, mientras que las medidas económicas “heterodoxas” que se implementaron durante el mandato del expresidente, fueron claramente incapaces de conquistar mejoras permanentes en las condiciones de vida de la mayoría trabajadora. Si bien durante el periodo de auge del precio de materias primas durante la primera década del siglo se concedieron algunas mejoras a sectores de la clase trabajadora, esta leve redistribución del ingreso no impidió que se mantuviera la dependencia y el atraso del país.

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El capitalismo “progresista” en Brasil con Lula a la cabeza, generó una ilusión de que Brasil estaba “creciendo con inclusión” cuando en la realidad se acumulaban fuertes contradicciones derivadas de la condición estructural del país como un país subordinado al interés del gran capital trasnacional, aún el tímido intento de diversificar su comercio en particular con China.

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Cuando la crisis comenzó a golpear Brasil y la sucesora de Lula Dilma Rousseff inició un fuerte ajuste contra la clase trabajadora que comenzó con el aumento del costo del pasaje. La desilusión con el PT le dio fuerza al crecimiento de la ultra derecha bolsonarista que hoy gobierna este país con políticas de ajustes económicos a las masas trabajadoras, pérdida de derechos sociales y una línea retrógrada ultra conservadora.

La impotencia del desarrollismo y la utopía del capitalismo “nacional y popular”

Lula viene a México a darle un respaldo al gobierno de López Obrador en un momento donde Bolsonaro ha perdido popularidad y algunas encuestas lo proyectan como ganador en la próxima contienda electoral en octubre de este año, sin embargo, mantiene la misma política de conciliación de clase y reformas tímidas que no transforman la estructura de dependencia de su país y si mantiene la subordinación al capital financiero.

En Brasil, el gobierno del PT mantuvo la explotación laboral, la miseria de millones en las favelas y el extractivismo contaminante. Cuando este partido pudo haber salido a las calles para enfrentar a la derecha, por miedo a que el proceso se le saliera de control, decidió una y otra vez esperar a las elecciones. Su política es impotente para desarrollar realmente la economía en su país poniendo por delante los intereses nacionales, para lograr una transformación real hay que afectar decididamente el interés de los grandes capitalistas (nacionales y extranjeros), preparando la relación de fuerzas y las condiciones políticas para, por ejemplo, nacionalizar la banca privada y avanzar a una banca pública bajo control de sus trabajadores.

Lula, al igual que AMLO, tienen una política que intenta conciliar lo irreconciliable, el interés de los ricos y poderosos, de los grandes bancos y empresas trasnacionales, con el de las mayorías populares.

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Solamente tomando claramente partido del lado de la clase trabajadora (que es la que crea la riqueza), es que se puede pensar en una economía que sirva para el interés de la mayoría, desarrollando las fuerzas productivas, rompiendo con la dependencia del imperialismo y garantizando derechos sociales para el pueblo. Para ello no se puede ser tibio e intentar un “capitalismo incluyente o democrático”, para ello hay que defender una política anticapitalista y revolucionaria.




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