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Red Internacional

Movimiento Estudiantil 1968. La batalla del Casco de Santo Tomás: cuando los politécnicos resistieron frente al ejército

Después del “rápido” desalojo de CU siguió el del IPN, el cual no sería tan fácil para las fuerzas del Estado. Granaderos y policía montada no pudieron tomar el Casco de Santo Tomas de no ser por el violento ataque de las fuerzas militares.

Miércoles 28 de septiembre | 07:29

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El 23 de septiembre de 1968 el que fuera el edificio del internado del IPN en 1956, ahora recinto de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas (ENCB) vuelve a presenciar un ataque por parte de las fuerzas militares contra estudiantes. Bazucas contra cohetones, rifles de asalto contra resorteras, un joven con un megáfono contra 600 militares.

Desde días antes la policía inició provocaciones y después de las noticias de la toma de Ciudad Universitaria de la UNAM, los estudiantes politécnicos se prepararon para resistir hasta donde fuera posible: cavaron trincheras, derribaron postes y rociaron aceite en el pavimento para impedir el avance de la policía.

Una patrulla y dos motocicletas de tránsito fueron incendiadas, y con ese pretexto se instaló un cerco policiaco. Pero los granaderos y sus gases fueron ineficaces contra los trapos mojados con vinagre de los jóvenes. A los granaderos les siguieron la policía montada, y con ella el resto de fuerzas policiales, secreta, federal, del DF y judicial.

Jóvenes y trabajadores de colonias populares cercanas como Tlalilco, Xochimanca, Santa María la Ribera y habitantes de los “campamentos” (vagones de tren convertidos en viviendas por los trabajadores ferrocarrileros), que si tal vez no formaban parte del movimiento estudiantil sí tenían coraje acumulado contra los uniformados que a diario los hostigaban por “echar una chela” o jugar un “tochito”.

El apoyo popular en el Casco fue una revancha de la gente por los agravios sufridos diez años antes en la represión de la huelga de los ferrocarrileros. Pues en las colonias cercanas vivían varios trabajadores que no olvidaban a sus camaradas asesinados presos o desaparecidos y que además eran padres de estudiantes en lucha. Saber que los estudiantes exigían la libertad de todos los presos políticos fue suficiente para apoyar de inmediato su causa.

La noche del 23 de septiembre los estudiantes y pobladores resistieron e hicieron retroceder a granaderos y montados que en retirada eran emboscados por compañeros de Tlatelolco, Ciudadela o Zacatenco que venían a apoyar la defensa del Casco.

En las primeras horas del 24 el general Gustavo Castillo salió de su cuartel con mil soldados y se dirigió a Zacatenco que ya llevaba tres días de enfrentamientos. A las 3 de la mañana se dirigió al casco con 600 soldados, armados con rifles de asalto y lanzagranadas, que no causaron mella en la resistencia del casco. Hasta que impusieron con sangre su fuerza.

Una tanqueta derribó la reja de acero tubular de la entrada y un megáfono amenazó a los militares: “les lanzaremos bacterias mortales que los harán morir retorciéndose de dolor”. Los militares no avanzaron ante el miedo a estas palabras: “los dejarán castrados si no mueren”.

Los estudiantes heridos eran atendidos con medicamentos improvisados en los laboratorios de biología. Al entrar, los militares no tuvieron reparo en rematar y golpear a jóvenes heridos, o sus cuerpos ya sin vida, relatarían enfermeras que lograron entrar tras ellos.

Hasta ese momento se vio cuán lejos estaba dispuesto a llegar Díaz Ordaz después de las amenazas lanzadas en su IV informe de gobierno y aún faltaba lo peor.

Días después el ejército tomaría también la zona de Zacatenco y una semana más tarde el movimiento estudiantil fue testigo de la masacre del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco.


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