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Red Internacional

El año 1 de la pandemia llevó los decesos de 749 mil que se esperaban a 1,086,743. El costo de la lentitud de las vacunas, la reapertura económica y la crisis del sistema de salud.

Jueves 28 de octubre de 2021 | 23:38

Más de 1,086,000 personas perdieron la vida en 2020, de acuerdo con las cifras dadas a conocer por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). Más de un millón de familias golpeadas con el dolor de no volver a ver a sus seres queridos.

Los datos oficiales indican que los fallecimientos aumentaron 46% más, que corresponden a 326,921 decesos más respecto a la tendencia previa a la covid-19, que era de 749 mil.

En 2021 no mejora: desde el inicio de la pandemia en 2020 hasta el 4 de octubre pasado hubo un exceso de 595 mil muertes, como se puede ver acá. Mientras las defunciones esperadas en ese período eran de 1,281,000, llegaron a 1,876,263. Hasta ahora, sólo en 2021 hasta inicios de octubre suman 789,520 personas fallecidas.

Estos datos sobrecogedores toman en cuenta fallecimientos por distintas causas, y en el caso de la covid-19, las autoridades sólo cuentan aquellos con prueba confirmatoria de covid. De acuerdo con el último informe de la Secretaría de Salud, desde que empezó la pandemia fueron 287,274 los decesos por esa causa, y las muertes estimadas -sin diagnóstico confirmado- asciende a 300,746. Pero las personas fallecidas que no fueron diagnosticadas o que no recibieron atención médica no se contemplan como consecuencia del virus del SARS-CoV-2. Las cifras no cierran.

Las enfermedades coronarias fueron la primera causa de muerte, la segunda fue la covid.19 y la tercera la diabetes. El octavo lugar lo indican los homicidios, con 36,773 defunciones, muestra de que la violencia estructural se mantiene.

Causas de la catástrofe sanitaria

¿Se podía evitar la pandemia en México? No, porque la aparición de la covid-19 es resultado de la producción agropecuaria a escala industrial, y porque las actividades económicas afectaron la vida silvestre a niveles que resultan nocivos para la humanidad. Los virus de animales silvestres brincan a animales domésticos y a personas sin control. Al mismo tiempo, el intercambio comercial global, junto con el transporte de individuos, es una vía para la proliferación de enfermedades en todo el planeta como nunca antes en la historia.

Pero faltaron pruebas masivas para diagnosticar covid-19 y poder establecer cuarentenas de acuerdo con los focos de contagio de la enfermedad, se apresuró la reapertura sin condiciones seguras para la población, como sucedió con la imposición del regreso a clases, faltó equipo de protección personal para las y los trabajadores de los sectores esenciales, como telecomunicaciones, producción de insumos médicos, producción, distribución y venta de alimentos, entre otros sectores.

En el aire flota la pregunta tantas veces esgrimida por Hugo López-Gatell, el subsecretario de Salud, y el presidente López Obrador: ¿salud o economía? Imposible no ver que con la declaratoria de actividad esencial para la industria maquiladora, la construcción y la minería, el gobierno garantizó la continuidad de los negocios capitalistas en áreas no esenciales.

Su argumento era que paralizar por completo la economía y establecer un confinamiento estricto castigaría a las personas que laboran en el sector informal. Pero los verdaderos beneficiarios fueron los magnates y las trasnacionales que operan en México. Treinta y seis empresarios mexicanos, encabezados por Carlos Slim, poseen en conjunto 171 mil 490 millones de dólares, y sus fortunas registraron un aumento de más de 20% durante la pandemia.

Mientras tanto, la lentitud en la campaña de vacunación tuvo también influyó. A los tiempos de desarrollo de las vacunas, se le sumó la capacidad de producción insuficiente para producirlas y, de nuevo, la priorización de las ganancias por sobre la vida: las trasnacionales farmacéuticas, que desarrollan sus investigaciones con generosos aportes de los gobiernos, comercian con la vida y la muerte y el pago de patentes es una traba para que se puedan adquirir y estén a disposición de toda la humanidad.

Y en esta tormenta, que más que perfecta es terrible para las mayorías laboriosas, la crisis del sistema de salud pública es otro factor sin el cual el récord de muertes no puede explicarse. Se calcula que más de 3 millones de personas no recibieron atención médica por la reconversión de los hospitales para la atención de covid, al inicio de la pandemia. Pacientes de enfermedades crónicas, como diabetes, o de afecciones como el cáncer, no pudieron atenderse. Otros dejaron de ir a los hospitales y clínicas por temor a contagiarse.

Las reformas del IMSS (1997) y del ISSSTE (2007), junto con desfalcos como sucedió por ejemplo en el ISSSTEZAC, corroyeron el sistema de salud pública durante todo el período neoliberal, desde el gobierno de Miguel de la Madrid Hurtado en adelante. Personal médico, de enfermería, técnicos, administrativos y de intendencia laboran con pocos insumos, muchas veces con contratos temporales o subcontratados. Estos problemas, lejos de revertirse con el gobierno de AMLO, se han mantenido e incluso, en algunos casos, se profundizaron.

Ante la nueva normalidad, es fundamental que la clase trabajadora se movilice por un aumento de emergencia para salud, financiado a partir del no pago de la deuda externa e impuestos progresivos a las grandes fortunas, como la de Slim, por la liberación de las patentes y la vacunación universal que incluya a los menores a medida que se aprueben las vacunas para este sector de la población, suministro de equipo de protección personal por parte del Estado y las empresas a todos sus trabajadores y por comisiones de seguridad e higiene independientes del gobierno, los empresarios y la burocracia sindical en todas las empresas e instituciones estatales.


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